viernes, 5 de enero de 2018

NUEVA EDICIÓN DE "Perpetuar la distinción. Grandes de España y decadencia social, 1914-1931"




HERNÁNDEZ BARRAL, José Miguel Perpetuar la distinción Grandes de España y decadencia social, 1914-1931, Prólogo de Javier Moreno Luzón, Ediciones 19, 2ª edición, Madrid, 2017, 484 pp. 17X24 cm.

Papel: ISBN - 978-84-17280-00-0
Digital: ISBN - 978-84-17280-01-7

Renovada y mejorada, contiene además una magnífica colección de fotografías de estudio de Kaulak de algunos de la Grandes de España. Estas son algunas.

PRÓLOGO DE JAVIER MORENO LUZÓN (Catedrático dHistoria del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense de Madrid) 

Al final de su obra The Decline and Fall of the British Aristocracy (1990), uno de los mejores libros de historia social de los últimos treinta años, David Cannadine situaba su objeto de estudio, la nobleza británica contemporánea, en un contexto europeo. Por un lado, comprobaba que sobre ella actuaron factores que también afectaban a sus congéneres continentales, de Rusia a Francia, y que determinaron, desde las décadas tardías del siglo XIX, su irremediable crisis: una sociedad crecientemente industrializada y urbana, sistemas políticos cada vez más representativos y democráticos o el triunfo de los profesionales y expertos en cualquier materia implicaban la decadencia de una élite arraigada en el campo, acostumbrada a mandar en regímenes oligárquicos y llena de amateurs. Por otra, constataba las diferencias entre Gran Bretaña, donde el declive aristocrático discurrió de manera gradual e incruenta, y el resto de Europa, donde la Segunda Guerra Mundial acabó con las jerarquías que había dejado en pie la Primera, en una época cuajada de conflictos civiles, invasiones, revoluciones obreras y derrotas militares.
España aparecía, en este panorama de Cannadine, con un par de pinceladas: era un país donde se acusaba a los aristócratas de haber desertado de la escena política y en el que, sin embargo, habían conservado su riqueza agraria gracias a la protección del dictador Francisco Franco. En este sentido, la nobleza, mal que bien, había conseguido sobrevivir en dos entornos por completo diferentes: el británico y el español. Lo curioso es que la historiografía sobre España, que solía subrayar la importancia de este grupo social, apenas se dedicaba a estudiarlo. Hasta hace poco tiempo, se daba por supuesto que la aristocracia formaba parte substancial del bloque de poder que, formado a lo largo del Ochocientos, disfrutó de un indiscutible dominio no sólo sobre la sociedad sino también sobre el sistema político español en el periodo de la Restauración, que se vio amenazado por las reformas de la Segunda República y que salió victorioso de la Guerra Civil. Para probarlo se citaban algunos notables locales y nacionales, se aportaban cifras sobre sus vastos latifundios o se enumeraban los títulos presentes en los principales consejos de administración. Se incorporaron conceptos como el de simbiosis entre viejas y nuevas élites, teorizado por Joseph Schumpeter, o el de hegemonía ideológica, inspirado por Antonio Gramsci. Pero, salvo algunos excelentes artículos y monografías centradas en tal o cual casa o fortuna, apenas había investigaciones en profundidad sobre la materia.

Por eso este libro de José Miguel Hernández Barral, un convencido cannadiano, adquiere una gran relevancia. Se trata de un penetrante análisis de la capa superior de la nobleza titulada española, la Grandeza de España, de sus prácticas, de su autopercepción y de su valor como referente social. Un estudio realizado a través de la exploración de diversos terrenos, como los procesos de ennoblecimiento, las ceremonias cortesanas características de los Grandes –la cobertura y la toma de almohada—, las crónicas periodísticas acerca de sus actividades y la arquitectura de sus palacios o sus círculos de sociabilidad, además de varios indicadores de su influencia económica y política. Con dos rasgos que saltan a la vista desde sus primeras páginas: la claridad y la coherencia. En contraste con tantos otros trabajos académicos, aquí los argumentos se siguen de acuerdo con un orden lógico impecable y no se promete nada que no se ofrezca a continuación. Todo ello basado, además, en la consulta de un enorme caudal de fuentes primarias, de archivos públicos y privados y de la riquísima prensa del momento, a lo largo de dos etapas cruciales en la trayectoria de España en el siglo XX: la crisis de la Restauración y la dictadura del general Primo de Rivera, hasta la quiebra final de la monarquía de Alfonso XIII en 1931.

Las dos ideas que dan cuerpo a las tesis de Hernández Barral, y que no por casualidad sobresalen en el título y el subtítulo del libro, son las de distinción y decadencia. La primera remite, a la manera de Pierre Bourdieu, al establecimiento del buen gusto por parte de los sectores privilegiados, que servían de modelo a los demás, y, más allá, a la exclusividad que delimitaba fronteras infranqueables y marcaba distancias sociales. Su estatus se alimentaba de múltiples componentes distintivos, que aquí se analizan con detenimiento. Como el énfasis en la familia, la historia y los servicios patrióticos como justificación de su existencia; los persistentes rituales cortesanos, algunos de ellos ocultos al ojo público, que este trabajo desentraña por vez primera; o el paso por el Senado. Y un estilo de vida que giraba en torno a bailes, cacerías, veraneos o deportes como el polo, y que encarnaban los palacios que se construían en algunas zonas de Madrid, sus fincas rústicas y ciertos hoteles y clubes. Hubo por parte de la Grandeza de España, o al menos entre algunos de sus miembros, una aguda conciencia de la necesidad de preservar esos cotos exclusivos que le daban sentido. Por ejemplo, trató, como corporación, de limitar el acceso a la aristocracia, o al menos de fijar los criterios con que se lograba ese acceso. Con ello se desmienten las generalizaciones comunes acerca de la voluntaria cooptación nobiliaria de la burguesía emergente. La activa simbiosis schumpeteriana, en sus versiones más habituales entre nosotros, queda en entredicho.

La decadencia, por su parte, se pone de manifiesto en diversos fenómenos que Hernández Barral explica con abundancia de datos y en los que es posible reconocer algunas de las pautas fijadas por Cannadine. Como la deficiente adaptación a los tiempos, desde el punto de vista económico, de muchos Grandes. En realidad, era un colectivo heterogéneo del que resultaba muy difícil, en este y en otros aspectos, extraer pautas comunes de comportamiento. La gestión de sus patrimonios, por ejemplo, resultó muy desigual, y su mayor participación en negocios capitalistas, industriales y mercantiles, convivió con el rechazo al riesgo. En el plano social, ese declive pudo contemplarse con nitidez a través de la progresiva desaparición de las crónicas nobiliarias en la prensa de gran tirada, del cierre de los palacios a la vida social y de la consiguiente nostalgia por las fiestas de antaño. La Grandeza dejaba de ser un referente y se convertía en un elemento decorativo. Un declive gradual, sometido a múltiples cambios y en absoluto consecuencia del estancamiento, aunque no por ello menos visible.

Como en los casos de otras noblezas europeas, el papel de la española se vio socavado por las transformaciones sociales del primer tercio del Novecientos. España permaneció neutral en la Gran Guerra pero sobre ella impactaron muchos de los fenómenos que recorrieron Europa, como la emergencia tanto de movimientos obreros revolucionarios como de fuerzas nacionalistas en busca de autodeterminación. La sociedad española cambió de forma acelerada en las dos décadas siguientes, cuando dejó atrás el predominio de las estructuras agrarias y vio expandirse un mundo urbano que se poblaba de nuevas clases medias y trabajadoras. La actitud de la Grandeza ante todas estas innovaciones no dejó de ser defensiva. Así, su participación en empresas políticas, pequeña y coyuntural, se concentró en la custodia de la monarquía, la religión católica, el orden social establecido y la unidad de España frente a sus enemigos. Con escasa repercusión, pues ni representaba funciones significativas en el régimen constitucional ni tampoco tuvo una presencia destacable en el militar. Ni siquiera influyó de manera muy marcada sobre las decisiones del rey. Así pues, y en la línea de otras aportaciones historiográficas recientes, este libro deja atrás las concepciones clásicas acerca del llamado bloque oligárquico de poder, sometido a una hegemonía de resonancias gramscianas.

Distinción y decadencia, en todo caso, estuvieron ligadas a las vicisitudes de la monarquía, algo tan obvio como fundamental. Porque la nobleza no sólo se asociaba estrechamente con la corona, sin la cual perdía su razón de ser, sino que dependía por completo del rey, un rasgo que se acentuó con los años. Alfonso XIII fue modelo de aristócratas en varios ámbitos, desde sus actividades como sportman a la moda en partidos de polo y casinos internacionales hasta sus inversiones empresariales e inmobiliarias. Frente a un monarca muy activo e intervencionista, la Grandeza tuvo cada vez menos peso en el asunto, crucial para sus intereses, de la concesión y rehabilitación de títulos. El monarca utilizó esta herramienta de prestigio, sobre todo en algunas coyunturas, para premiar a grandes fortunas y para ganar voluntades en zonas, como Cataluña y el País Vasco, donde avanzaban los nacionalismos subestatales. Ante los conflictos que, de modo más o menos explícito, planteaban los Grandes con sus pretensiones de ser oídos, el trono imponía su prerrogativa y dejaba sentado que la nobleza titulada no era más que el fruto de una merced real. En este como en otros campos, don Alfonso amplió el poder de los monarcas españoles y realizó apuestas arriesgadas.

De modo que la Grandeza, como la nobleza en general, pudo anticipar su propia catástrofe cuando, en 1931, unas simples elecciones municipales se llevaron por delante la monarquía –inseparable ya de su compromiso con la dictadura—y sirvieron para proclamar, en medio de una fiesta popular, la Segunda República. Pocos retrataron mejor una visión aristocrática aquel momento decisivo que Agustín de Foxá, conde de Foxá y marqués de Armendáriz, en su novela Madrid de Corte a checa (1938). El 14 de abril su protagonista “sintió lástima de las grandes casas de Madrid, ciegas en la primera noche de la República. Aquellos hombres podían ser anticuados e incomprensibles, pero había cierto romanticismo, cierta tragedia al ver desmoronarse una institución que era su vida”. Los gobiernos republicanos confirmarían esta impresión de derrumbe al abolir los títulos nobiliarios, identificar a la Grandeza con la corona y descargar sobre ella medidas como la reforma agraria. Su imagen como élite omnipotente y homogénea, reaccionaria y ociosa, compuesta de terratenientes absentistas, se impuso sobre cualquier matiz entonces y marcó después buena parte de la historiografía española. Tal y como demuestra este magnífico estudio de José Miguel Hernández Barral, de la mano de Cannadine y Bourdieu, las cosas eran más complejas, y también más interesantes.












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